EL PACTO
Trilogía
Puck Feder
1. Ciudad del Este - Paraguay - Enero 1992.
- No quiero que tengas ese hijo. Yo puedo, por intermedio de mi viejo, llevarte a lo
de un médico muy bueno para que te lo saque, no duele y no es peligroso.
- Estás loco, no voy a abortar. Dios no me lo perdonaría jamás. Vos hacé lo que
quieras, no quiero verte más.
Sentía mucha angustia y bronca por no haber esperado para acostarse con un
hombre hasta formalizar casamiento como le había aconsejado el cura. Además no
había disfrutado del momento, que teóricamente debía ser agradable pero a ella le
resultó espantoso.
- Si lo querés tener, acordate siempre que yo soy el padre.
Se fue enojado corriendo bruscamente la mesa del bar y volcando la jarra con el
licuado de banana, pensando en que lo crie ella y que se lo mande cuando cumpla 20
años.
Ella estaba en una muy difícil situación. Los padres eran asiduos concurrentes a la
iglesia y no permitirían nunca que hiciese algo tan diabólico. Si se enteraban que el
chico era el hijo de un contrabandista de drogas, directamente la marginaban de la
familia.
El padre era Teniente Coronel del Ejército y Agregado Consular Argentino en
Ciudad del Este -Paraguay-.
El traslado de la familia a Buenos Aires era inmediato y ella siguió con su
embarazo. Ya vería como iba a manejar el asunto.
En Buenos Aires, le presentaron formalmente al Dr. José Pérez del Corral, hijo de
un colega de su padre y recién recibido de abogado militar. Sin haberse enamorado y
como no se le notaba todavía el bombo, se casaron.
No vivieron felices, ni comieron perdices. Pero ella no había interrumpido el
mandato divino.
2. Buenos Aires - Febrero 2012.
Cuando el coronel abogado José Pérez del Corral estaba atendiendo a la Sra.
Mercedes Funes, medio amiga y medio cliente, en su despacho particular de la calle
Lavalle, más o menos a las 16 hs. de un día caluroso de febrero; entró sin llamar su
secretaria Laura comunicándole que el comandante de gendarmería Camacho quería
hablar con él por línea privada.
- Hola, ¿cómo le va comandante?
- No muy bien doctor.
- No me diga que encontraron a Matías.
- Si doctor, pero lamentablemente fallecido.
José se hundió en una profunda depresión y el tema del divorcio que tenía que
resolver con Mercedes (que quería sacarle toda la plata y los bienes a su marido), le
pareció absurdo, ridículo y totalmente insignificante al lado de la bomba que había
impactado profundamente en su pecho.
Cuando el dolor le dio paso a la bronca, se prometió que iba a matar al responsable
y se puso un plazo de diez días.
Esa misma noche voló a Puerto Iguazú donde lo esperaba el comandante
Camacho, que le contó que Matías estaba involucrado en el tráfico de drogas y que
tenía contactos frecuentes con el Pai (por paisano y no por brujo) –capo mafia local-.
José le discutió acaloradamente que no podía ser y que de ninguna manera iba a
aceptar que su hijo, ejemplo de virtud, muy bien educado y con valores religiosos muy
arraigados -los cuales fueron incorporados por él en su infancia, con el látigo, a sangre
y fuego- iba a meterse en ese ambiente.
José dio un portazo, averiguó la dirección de la morgue judicial y se fue caminando
en la calurosa noche de Misiones.
El forense de turno, Dr. García de la Vega, le informó que lo habían encontrado al
borde del río Iguazú, semidesnudo, con vestigios de semen en el ano y con tres
orificios de bala calibre 9 mm en la nuca.
Pensaba que se había equivocado, que le había salido un hijo que era todo lo
contrario de lo que había sido su diseño. El diablo se interpuso.
Se sintió responsable y sin pensarlo dos veces, en un acto de arrebato, desenfundó
su pistola reglamentaria que llevaba en una sobaquera y con movimientos torpes
colocó el cañón en su boca y apretó el gatillo.
3. Gobernador Gregores.
María Luz Landaburu, viuda de José Pérez del Corral, al año de la muerte de su
esposo e hijo mayor, se había ido a vivir a una estancia en el centro geográfico de la
Provincia de Santa Cruz. Felipe, el hijo que le quedaba, se quedó en Buenos Aires
viviendo en el departamento de la calle Quintana.
Cuando llegó al pequeño aeropuerto de Gobernador Gregores con el avión que
había abordado en Comodoro Rivadavia, estaba esperándola Don Tadeo, 53 años,
alto, flaco, de cara huesuda y bigotes con las puntas levantadas, un tipo parco pero que
irradiaba mucha calidez.
- ¿La señora Maria Landaburu?
- Si.
- Soy el capataz de La Flecha Plateada, bienvenida a este lejano lugar.
- Muchas gracias.
- Tenemos 45 minutos de viaje para llegar al casco, ¿quiere tomar algo antes?
- Bueno, una gaseosa.
Tomaron una coca-cola light cada uno y se fueron a la camioneta F-100 con
destino a la estancia.
María, con 38 años, se había olvidado de los enredos de su juventud y, para su
grata sorpresa, se enamoró de una forma totalmente adolescente de Don Tadeo en ese
viaje que duró 45 minutos desde el aeropuerto hasta el casco de La Flecha Plateada,
estancia de 20.000 hectáreas de la tía Dolores. Él le despertaba una ternura y una
confianza que nunca había sentido con el paraguayo ni con José.
Ahora, al año de haber comenzado ese vínculo afectivo, en su cuarto palaciego del
casco de ese campo -tan lujoso y tan solitario-, recordaba melancólicamente a José, a
su hijo Matías y su pacto con el diablo, que por no haber abortado ya le había costado
dos vidas, y se hundía en su antigua y profunda tristeza.
Con José no podía tener una vida, era un apéndice de la vida rígida y formal del
militar; en cambio en la estancia y con la relación que tenía ahora, se sentía más libre,
con mas proyectos; Tadeo la comprendía, la quería y la protegía como nunca lo habían
hecho sus padres y los curas que, de alguna manera, eran los culpables de su destino.
Tadeo le enseñaba todas las tareas de la estancia. Generalmente pasaban mucho
tiempo del día en el galpón de esquila totalmente construido en madera oscura
barnizada, donde la sensación era de una absoluta calidez. Destacaban en el piso de
madera montones de lana recién cortada, las ovejas que caminaban peladas hasta la
rampa por donde bajaban al potrero y algunos cueros de pumas que Tadeo cazaba
para hacerle abrigos a la tía Dolores, que desde ahora serian para ella.
Un día, en la tranquilidad de esa rutina, a las 12,30 del mediodía, aparece un
hombre en las escalinatas del casco de la estancia -que había llegado con un auto
negro- y se presento como comisario inspector Zavalía.
- Tengo una orden de arresto dictada por el juez Rosales del juzgado en lo penal
N° 2 de la Provincia de Misiones para la señora María Luz Landaburu.
La mucama buscó a María que estaba en el galpón de esquila de madera y al
comunicarle la noticia, se le doblaron las piernas y se cayó al piso.
Cuando se repuso del débil desmayo, el comisario Zavalía, que estaba a cargo de
la investigación del asesinato mafioso de su hijo Matías, le leyó el informe judicial
donde explicaba la relación que María había tenido con el Pai, capo mafia de la droga
de las Tres Fronteras, en su juventud, antes de conocer a José, y del contacto que
había relacionado a su hijo con el Pai para armar un operativo de tráfico de narcóticos.
Aparentemente Matías, amén de haberse involucrado, se habría guardado algún
vuelto. Y su muerte había sido una consecuencia de aquel pacto siniestro en el que
María, por cumplir con Dios, le vendió su hijo al Diablo.
Subieron al Citroen C4 negro con destino al pequeño aeropuerto de Gobernador
Gregores.
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